
La palabra inflamación no suele caer bien.
La asociamos al dolor, a molestias, a algo que queremos quitar cuanto antes. Y es normal. Cuando
algo duele o se inflama, nuestra primera reacción suele ser pensar que algo va mal.
Pero ¿y si te dijera que la inflamación no es el problema?
¿Y si, en muchos casos, fuera parte de la solución?
Piensa en una obra en una carretera.
Cuando hay que reparar una zona, aparecen señales, conos, operarios y cortes de tráfico. Es
incómodo. Nos retrasa. Pero nadie piensa que las señales son el problema.
Las señales están ahí porque algo necesita repararse.
Con la inflamación ocurre algo parecido.
Cuando un tejido necesita atención, el cuerpo activa una respuesta inflamatoria para enviar más
nutrientes, más oxígeno y más recursos de reparación a esa zona.
Sin esa respuesta, la recuperación sería imposible.
Por eso, la pregunta importante no siempre es:
«¿Cómo elimino la inflamación?»
Sino:
«¿Qué está intentando reparar mi cuerpo?»
Además, la inflamación no depende únicamente de una lesión.
También está muy relacionada con cómo vivimos.
Con el estrés que acumulamos.
Con el descanso que tenemos.
Con la alimentación.
Con el movimiento.
Incluso con nuestra forma de pensar.
Y esto se ve mucho después de épocas intensas.
Por ejemplo, tras unas vacaciones en las que hemos dormido peor, comido diferente o vivido con más
exceso de lo habitual. De repente aparece esa molestia en el hombro, la rodilla o la espalda.
Y enseguida pensamos:
«Estoy peor.»
Pero muchas veces no es así.
Lo que ocurre es que las zonas que llevan más tiempo compensando suelen ser las primeras en avisar
cuando el cuerpo está más demandado.
Por eso, antes de buscar soluciones complicadas, muchas veces conviene volver a lo básico.
Dormir mejor.
Moverse.
Hidratarse.
Respirar más profundo.
Bajar un poco el nivel de exigencia.
Porque hay algo curioso que vemos constantemente:
Los «tengo que», los «debería» y el vivir permanentemente acelerado también pasan factura al
cuerpo.
El verdadero problema no es la inflamación puntual.
El problema aparece cuando el cuerpo se queda atrapado demasiado tiempo en ese estado de alerta y
ya no encuentra el momento de soltarlo.
Ahí es cuando merece la pena escuchar con más atención.
Preguntarse qué está intentando decirnos el cuerpo.
Y acompañarlo para que pueda recuperar su equilibrio.
Porque la inflamación, la mayoría de las veces, no viene a fastidiarte.
Viene a ayudarte a reparar.
Y cuando empiezas a verla de esa manera, cambia por completo la conversación que
tienes con tu cuerpo.
