
Imagina que te compras una casa antigua. De esas preciosas, con paredes de piedra y ventanales grandes. Está hecha polvo, sí… pero te hace ilusión. Y lo primero que piensas es: ¿qué color pongo en el salón?, ¿cómo serán las cortinas?
Pero claro… antes de elegir azulejos o decorar, hay algo más urgente:
¿Y si el tejado tiene goteras? ¿Y si los cimientos están agrietados?
Aunque no seas arquitecto, lo sabes: primero lo estructural. Lo que sostiene todo lo demás.
Con la salud pasa igual.
Queremos vernos bien, sentirnos bien, movernos con ligereza. Pero muchas veces nos enfocamos en lo estético, en lo rápido, en el síntoma… y olvidamos lo esencial: los pilares sobre los que todo eso se construye.
En este caso, esos pilares son claros:
- Dormir bien.
- Alimentarte con conciencia.
- Mover tu cuerpo con regularidad.
- Cuidar tu salud emocional.
- Y sí, mantener tu sistema nervioso libre de interferencias.
Ahí entra la quiropráctica.
No como algo puntual para “arreglar” un síntoma, sino como parte de ese cuidado
profundo que se ocupa de la estructura que lo sostiene todo.
Lo curioso es que hay áreas en las que sí lo hacemos.
Con los dientes, por ejemplo. Todos nos los lavamos a diario. Vamos al dentista aunque no nos duela. Prevenimos. Mantenemos. Reparamos si hace falta.
¿Por qué no hacemos lo mismo con el resto del cuerpo?
¿Por qué esperamos a que haya una “grieta” para actuar?
La salud no se trata de poner parches. Se trata de construir desde lo esencial. De cuidar los cimientos.
Y una vez que eso está en orden… sí, elige cortinas, alfombras y cojines.
Pero primero, asegúrate de que la casa se sostiene.
