
Hay momentos en los que el miedo aparece de golpe. No siempre se presenta con
gritos. A veces es silencioso, pero te aprieta el pecho, te acelera el pensamiento… y lo
complica todo.
Especialmente en temas de salud.
Y es que el miedo tiene una función: nos protege. Pero cuando se instala de forma crónica o se vuelve el único filtro desde el que decidimos, puede convertirse en algo que nos limita más que nos cuida.
¿Qué pasa cuando dejamos que el miedo tome el mando?
- Tomamos decisiones impulsivas.
- Cerramos la escucha.
- Nos enfocamos solo en evitar el peligro… y perdemos de vista otras opciones.
- Nos desconectamos del cuerpo.
- Nos saturamos de información que no siempre ayuda (hola, Google).
Y todo eso, sostenido en el tiempo, nos resta calidad de vida.
¿Qué podemos hacer? Aquí van algunas ideas sencillas pero potentes:
- Separa el miedo del problema
A veces no necesitas hablar tanto del diagnóstico o del “qué va a pasar”.
Habla de cómo te sientes. Nómbralo: “Tengo miedo.”
Eso ya alivia.
- Pregunta. Contrasta. Informa sin saturarte
No te quedes solo con lo que leíste en internet. Consulta con profesionales. Y no con uno solo si lo necesitas.
A veces una explicación sencilla desactiva un miedo grande.
- Evita las búsquedas impulsivas en Google
Sabes a lo que me refiero. No necesitas leer cada caso extremo. Lo que necesitas es volver al centro: tú. Tu cuerpo. Tu realidad.
- Escucha a tu cuerpo, no solo a tu cabeza
Respira. Siente. Observa cómo se comporta tu cuerpo ante cada decisión.
Y si te cuesta, recuerda que cada ajuste que recibes es también una forma de reconectar contigo, de salir del ruido y volver a sentir desde dentro.
El miedo no se elimina.
Pero sí se puede mirar, sostener, atravesar… y que no decida por ti.
Y como todo lo vivo… también pasará.
