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Nuestro cuerpo es un compañero infatigable en nuestro camino por la vida, siempre soportando nuestras inquietudes para lo bueno y para lo malo. Tal vez, porque no me he criado entre sábanas hedonistas o por orgullo masculino, no he sido un buen compañero para mi cuerpo. Lo he sometido a grandes esfuerzos con el trabajo y con el deporte, no he escuchado sus señales y tampoco he tenido interés en comprenderlo. Un día un cirujano traumatólogo aconsejó que pasara por el quirófano para solucionar mis problemas en la L4 y L5.

Durante mis vacaciones veraniegas en un pequeño pueblo de Soria, una buena señora me habló de la Quiropráctica y me animó a que lo probara antes de someterme a una intervención quirúrgica. Seguí el consejo y así es como llegué a Marcelo.

A partir de entonces, sólo puedo hablar de lo agradecido que estoy por los buenos consejos y por la buena gente que trabaja en el centro. La alegría que transmiten, la paz interior que se respira en la consulta, la amabilidad y comprensión de la madre de Marcelo que siempre tiene algo maravilloso que decirnos, y la genialidad del doctor, del mago, de la persona de Marcelo, han hecho que mi estado de ánimo sea más positivo, más alegre y sobre todo que entienda a mi cuerpo, que sepa amarlo y cuidarlo para que juntos sigamos caminando por esta maravillosa alfombra que es la vida.
No hay palabras negativas, no hay actos negativos; hay armonía entre sus palabras, entre sus manos, en el sonido de la música, en sus canciones; todo en celebración con el elemento agua, con los besos, abrazos y las sonrisas gratuitas que nos ofrece todo el equipo.

Hasta el agradecimiento de Marcelo a la reacción de nuestro cuerpo es pasión por la vida y que nos transmite en cada sesión. ¡Qué más puedo decir! ¡Qué más se puede desear!

Despedirme con la oración imperativa de Marcelo para que confiemos en nosotros mismos, en nuestro cuerpo, en la felicidad y en la ciencia de la Quiropráctica: “Levántate y anda”.

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